jueves, 22 de enero de 2009

Protocolos de Vuelo

Era yo sin duda alguna el hombre más cómodo de ese avión; mi espalda me agradecía el gesto de desobediencia. Entonces, las respuestas comenzaron a llegar, empezó con una ligera incomodidad en mi espalda baja; el avión comenzaba su camino a la pista que le había sido asignada. Como no se trataba de algo realmente desagradable decidí ignorar la inconformidad y continué en mi acto de rebeldía injustificada.

El avión empezó a acelerar y la incomodidad se convirtió en dolor y ese dolor en un ardor insoportable. El sentimiento se propagó al resto de mi espalda y la sensación era como si se me estuviera frotando contra piedras volcánicas. Sentía que mi cuerpo no resistiría el dolor al que era sometido. Mi compañero de asiento advirtió mi dolor y me tomó de los hombros para sacudirme, sus manos en mis hombros ocasionaron un dolor increíble que derivó en un puñetazo la cara de mi compañero, éste, ofendido me grito algo que no logré entender (puesto que ya no escuchaba ni siquiera mi propia voz) y se cambió de fila.

Entonces empecé a sentir un líquido ardiente correr por mis rodillas, el cual comenzaba a mojar mis zapatos. Comprendí que se trataba de sangre que brotaba a chorros de mis rodillas. Sentía que me desmayaría en cualquier momento y francamente, esperaba con ansiedad a que ese momento llegara.

Creí que la peor parte había terminado; cuando de pronto sentí una fuerte punzada en mi muslo derecho; era como una especie de descarga eléctrica que se concentraba en ese punto específico de mi cuerpo. Se había desatado en el instante en el que el avión había tomado altura. Las descargas se antojaban interminables y en una escalada de intensidad endemoniada, comprendí que era mi celular el que provocaba aquellos toques eléctricos tan intensos y el mismo que ahora se encendía en llamas junto con mi pantalón. Quise mover mi mano para desprenderme del ardiente aparato, pero ella permanecía aferrada al descanso del asiento como si fuese parte de él y no de mi cuerpo.

Era el final, estaba con mi espalda destrozada, mis piernas destruidas y mi cuerpo en llamas; todo por mi estúpida rebeldía. Nunca creí que despegar con el asiento del avión reclinado y no apagar mi celular, pudieran causarme tanto daño y tan inmensurable dolor. 

3 comentarios:

  1. jajaja nunca volvere a cuestionar a las azafatas

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  2. Comentario de Alejandro Montaño:
    Pero querido Pablo, es ese dolor el verdadero motor de nuestras acciones en la vida. Siempre sabiendo que no eres igual al comùn denominador, y que tampoco te aferras a ideales sencillos y sin cuestionamientos en este mundo de "lo igual", honra tu sangre y dèjala impregnada en cada lugar a donde vayas, dale ese golpe en la cara a cada persona que conozcas para que por fin despierten y vivan su vida sobre piedra volcànica, igual que tù, igual que yo. NUNCA apaguemos nuestros celulares.
    Te quiere, tu primo Ale.

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  3. Nunca dejes de ser ese que se pregunta la cosa mas rara y le busca explicación hasta a el porque enderezar el asiento. Sigue escribiendo, están muy divertidas todas tus ideas que te hacen ser el loco del que estoy enamorada.

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